Ríos

Antes de que el río fuera río por allí no pasaba nada. No había ninguna fuerza que arrastrara colina abajo. Un día el agua empieza a correr y, si corre frecuentemente, marca la roca y empieza a labrar un cauce.

Antes de que temieras quedarte solo por allí no ocurría nada. No había ninguna emoción que te arrastrara colina abajo. Un día las emociones empiezan a correr y, si corren muy frecuentemente, marcan tu cerebro. La ansiedad por la separación de los padres, si se vuelve costumbre, crea un circuito. El mecanismo que se dispara cuando la madre sale del dormitorio, es el mismo que se activa cuando perdemos un gran amor. Elevados niveles de cortisol y separaciones prematuras van de la mano. Igual de indefenso está el bebé que el adulto ante ese caudaloso movimiento emocional.

En mi hay cauces tan profundos que no entiendo. Aceptarlo y ser consciente de que existen parece la única opción posible. Conocer nuestros ríos, sobre todo los caudalosos y profundos, tantear el esfuerzo necesario para hacer frente al caudal. El desarrollo de los mapas afectivos es laborioso y depende, marcadamente, de elementos tan aleatorios que en lugar de zambullirme en la interpretación minuciosa del río prefiero perseguir el destello de un nuevo resplandor.

De modo que he elaborado un mantra a partir de una frase de Antonio Damasio: “La mejor manera de precipitar el final de una emoción negativa es generando otra emoción de la misma intensidad pero de signo contrario”. Ante un estado de angustia, me dejo llevar imaginando que me arrastra agua limpia que discurre por mis cauces internos. Si me detengo a escucharme más detenidamente puedo sentir como la angustia sigue corriendo y, el agua transparente, trae ciertas ilusiones que a veces se encuentran dormidas. Me quedo con ellas el tiempo suficiente para reír. Luego vuelta a empezar.

Publico cada 7 años

El otro día estaba reunida con unas amigas (ese tipo de amigas que son casi como hermanas por su absoluta y grandiosa sinceridad) y salió a colación el tema de este blog.

“—¿Cómo llevas el blog? —dijo la amiga 1.—¿Cada cuánto escribes?”
“—Pues escribe como cada 7 años —dijo la amiga 2. -Risas.”
“—Nooooooooo, cada 7 años no, pero si cada 7 meses.—dije roja como un tomate, siendo totalmente consciente de la percepción de mi amiga de mi frecuencia de publicación.”

A ver, si lo sabía. Pero claro, una cosa es cómo yo le resto importancia internamente al asunto de no publicar jamás con un millón de justificaciones; y otra, bien distinta, es cómo percibe el asunto sin adornos una buena amiga. Después de este shock me fui a dormir.

Al día siguiente en mi intento de cambiar de perspectiva, asumiendo que la metodología que he estado siguiendo no estaba siendo demasiado efectiva, decidí hacer una lista. Lo que no entiendo es porqué he tardado tantísimo en hacer una lista sobre este tema, porque soy adicta a las listas; especialmente a las listas de pros y contras. Casi todas las decisiones de mi vida han tenido como elemento clave una lista de pros y contras. ¿Me mudo? ¿Me desenamoro? ¿Me voy de viaje? ¿Me reinvento? Lista, lista, lista, lista.

Esta lista en cuestión reunía las características del contenido que más me apetece leer la mayoría de tiempo, y no, no, no el contenido que más valoro. Lo primero en que caí es que a veces no me apetece leer una disertación extensa (y corta tampoco) sobre un tema complejo, como por ejemplo cualquier cosa que tenga que ver con lo jodido que está el mundo.
Lo segundo es que admito que me encanta leer a gente que se moja, que dice lo que piensa aunque no sea políticamente correcto ni coincida con lo que pienso.

Y tercero, autenticidad.

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Historia

Desde niña intentaba retenerlo todo y llevármelo conmigo. Desde el esqueleto de una estrella de mar en la orilla de una playa, a la inmensidad de un cielo estrellado. En el verano de 1996 mis padres nos llevaron a mi hermano y a mi de vacaciones a San Juan de las Galdonas, un pueblo de la costa de Venezuela. Recuerdo que una noche en la terraza del lugar donde nos hospedábamos, me quedé conmovida en una hamaca mirando el cielo. La belleza de la vista quedó fuertemente grabada en mi mente. Intuyo que este tipo de impresiones agradables en la infancia son trascendentales para las personas en quienes nos vamos a convertir.

Después de aquello, la curiosidad natural que había tenido siempre, la cual consistía en acribillar a todo mi entorno a porqués, se expandió a enciclopedias, libros, revistas y cualquier documento que estuviera a mi alcance. Un día calló en mis manos una carta celeste; esa misma noche volví a mirar al cielo y la primera constelación que conseguí ubicar fue Orión.

Con el tiempo, es fácil caer en la cuenta que tan importante es saber, como compartir y transmitir lo que se sabe. Así que en 2002 abrí mi primer blog hecho con FrontPage y lo bauticé ORIONIDA2002, tenía una larguísima URL de Terra imposible de recordar y mucha Comic Sans; en 2008 me hice con el dominio de orionida.com.

Exponerse en internet requiere cierta predisposición al exhibicionismo, predisposición con la cual no contaba. Pero ahora si. Dice Manuel Vicent que “nada cansa tanto como ser fugitivo” : huir de uno mismo cuando te persigue por dentro la necesidad de contacto y entendimiento.

Tres razones por las que hago listas

1. Permiten sintetizar y ordenar información. La complejidad del mundo en el que vivimos y la sobrecarga de información a la que estamos sometidos nos conduce a un estado de bloqueo para la toma de decisiones o, incluso, a no conseguir llegar a estar realmente informados sobre un tema determinado. Así que las listas son un buen instrumento para aclararse ante todo este embrollo.

2. Hago listas desde que soy pequeña. Cuando era niña no me dormía contando ovejas, pensaba en las tres profesiones a las que me quería dedicar cuando fuera mayor (bióloga marina, astronauta o nadadora profesional), mis tres colores favoritos (verde bosque, morado y azul turquesa), las tres situaciones posibles para no tener que ir a entrenar al día siguiente natación (la tormenta perfecta con sus rayos y truenos, que el entrenador no fuera a la piscina o que me doliera un poco un oído).

3. Disfruto haciendo listas. Simple y llanamente, ya sean útiles y me acompañen durante mucho tiempo, o ya sean fugaces y terminen en cuestión de horas en la papelera.

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Reflejos

El reflejo de un espejo se comporta como una persona: puede querernos, odiarnos o simplemente ignorarnos. Todos nos hemos tropezado alguna vez con un espejo en el que no nos reconocemos. Y todos tenemos al menos un espejo que es un amigo íntimo. A esos espejos amigos los mantenemos cerca porque nos devuelven una imagen más amable.

Caminando por la calle a lo largo de los escaparates y portales uno se vuelve a crear a si mismo. De pronto, en la luna de un coche te enfrentas con el desconocido que a veces eres; le miras de reojo, empiezas a reconocerlo. En el escaparate más próximo lo descubres como un ser con buena silueta, en otro percibes por primera vez que empieza a encorvarse, en el siguiente yergue la espalda. Las distintas imágenes que a uno le devuelven esos cristales pueden ser muy distintas: amables, indiferentes, indecisas. Por fin concluyes que la vida no es sino ir reflejando tu figura en el escaparate de lo demás.

También existen espejos que son enemigos declarados. Al entrar en un probador puedes sentirte acuchillado por la espalda. Algunas personas se han salvado huyendo de allí a toda prisa, aunque otras muchas han perecido con el ego destrozado dentro de esos cubículos ultra iluminados de las tiendas de ropa.

Hay reflejos, que como los espejos de los probadores, pueden sacar de la molicie: ante la falta de voluntad un reflejo desastre puede salvarte. Anthony de Mello lo explica del siguiente modo: “Si arrojas una rana en una olla de agua hirviendo, saltará fuera al instante. Si la arrojas en una olla de agua que está calentándose poco a poco, la rana acabará perdiendo la tensión que le permita saltar en el momento oportuno.”

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Por qué seguir

Una respuesta, una certeza a por qué seguir. Tan claro una veces, tan oscuro otras. Para esos días, los oscuros, el análogo emocional del hongo yesquero resulta más útil que la queja. Cuatro trozos de hongo yesquero llevaba Ötzi, el hombre de hielo que vivió hace 5.000 años; ya por aquel entonces el alimento de la chispa marcaba una fina línea entre la vida y la muerte. La yesca aviva, engrandece algo pequeño y efímero. Y como la yesca, hay anhelos que nos permite acceder a ciertas ideas de una manera más directa, más pura.

¿Por qué seguir? Por la naturaleza, presenciar la migración de las mariposas Monarca que viajan 4.000 kilómetros desde Cánada y el Norte de los Estados Unidos a los bosques de Michoacán en México. Por contemplar la aurora boreal, o caminar por la arena de una playa iluminada por plancton bioluminiscente.
Por la música – (mientras escribo suena Parklands de Hiatus con Kirtaniyas) – , ciertas melodías revelan tesoros ocultos dentro de nosotros, evaporan lágrimas, promueven suspiros, nos conecta a otros; pero sobre todo a nosotros mismos. Por lo libros no leídos. Y por los leídos que aliviaron insomnios y dejaron una marca profunda en quienes somos.

Por las personas, siempre, siempre las personas.

Sebastião Salgado, con un legado fotográfico que combina belleza y horrores a niveles tan confusos como conmovedores, y su Instituto Terra, esperanzador proyecto que afirma con contundencia: Se puede, hemos repoblado una selva. Yann Tiersen, “Now it’s time to slow down, now it’s time to look around”. Aaron Swartz, cuya corta vida recuerda lo importante, lo mayúsculamente importante, que es compartir.

Yesca y anhelos “porque amas lo que se enciende”, para acceder a certezas a través de ideas como obtener lumbre a través de chispas.
Seguir, porque es el momento de equivocarse, de aprender a desaprender, de echar una mano, de ser generoso y “ahogar este gris con todos los colores del mundo”.

Fotografía de Laura Teodori.

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Sales de plata

Los ojos humanos tienen dos tipos de células fotorreceptoras: los bastones y los conos. Los bastones son extremadamente sensibles a la luz y muy poco sensibles al color. La labor de colorear el mundo queda en manos de los conos. La evidencia experimental sugiere que hay tres tipos de conos con respuestas frecuenciales diferentes y, que tienen su máxima sensibilidad en los colores que forman la terna de los colores primarios: rojo, verde y azul. La combinación de dichas respuestas a un estímulo luminoso procesada por el cerebro, junto con la distribución espectral de lo observado, determina el color con el que percibimos el mundo.

Inmortalizar una imagen tal y como la vemos, nuestra imagen en un espejo, o a la familia reunida en Navidad llevó más tiempo que el que cabría esperar hoy día, cuando llevamos mil fotos en el bolsillo. La fotografía analógica nace a imagen y semejanza de las células fotosensibles de nuestros ojos. Al igual que los bastones y los conos, las sales de plata son sensibles a la luz, aunque no a toda la gama cromática. Las películas fotográficas a color cuentan, entre otras, con una capa sensible al rojo, otra al verde y otra al azul.

Un rollo fotográfico tiene un número de disparos limitado y el revelado es un proceso complejo. Requiere tiempo y hay menos opciones. Al contrario que en la era digital, donde una foto puede ser repetida tantas veces como nuestra enajenación demande; y las opciones son casi infinitas. Sin embargo, si tu infancia está documentada gracias a las sales de plata, es posible que tu corazón se incline por fotos imperfectas. Con menos nitidez, transiciones más suaves, colores saturados. Fotos con un niño de seis años que, si está cabreado, sale cabreado. Y si hay alguna cosa que le interesa, es muy probable que salga mirando a la cosa, aunque quede de espaldas. Fotos como las de los proyectos Ausencias Argentina, Ausencias Brazil y Distancias de Gustavo Germano.

Fotografía de Bernard Plossu.

Open post Determinados, águila

Determinados

Buenos tiempos aquellos en los que no sabías lo que querías, de dónde venías ni en qué lugar ibas a terminar. Aquella abrumadora incertidumbre parecía ofrecer un mundo de infinitas posibilidades. Creer en héroes y villanos tenía sentido, en la efervescencia de hacer el bien, en lo inadmisible de hacer el mal.

Desde la secuenciación del ADN miro a las personas y no veo en ellas más que un conjunto de hélices, cuyos comportamientos responden a una orden genética de la que no son responsables. Será mejor aceptar también que el amor y el odio son modulados por reacciones químicas cuyo guión está escrito por ese conjunto de hélices. ¿Tendría que dar cuenta de sus actos el infiel o el cobarde? A partir de ahora entiendo que las decisiones, mal llamadas conscientes, no son sino la racionalización interesada y en retrospectiva de mecanismos inconscientes.

Si vas de justiciero tendrás que tener en cuenta que ese sujeto sentado en el banquillo es una cadena de aminoácidos, 23 pares de cromosomas, una fábrica de proteínas ajena a todo delito. Si vas de humanista tendrás que endurecer el estómago y digerir que por mucho bien común que busques, siempre habrá otro individuo con otro código genético distinto al tuyo. El águila es incapaz de ver desde el aire las montañas los árboles y los ríos del paisaje porque su mente está programada para descubrir pequeños seres vivos que se mueven, ratones, conejos, ardillas, de los que depende su existencia; en cambio para el oportunista cuervo lo único visible es lo estático, de modo que la vaca no existe hasta que no está muerta.

Cuando un individuo se atreve a renegar de sus genes e imponerse a todo determinismo; identificando patrones de comportamiento sesgados, elevando la vista más allá, adelantándose a las inclinaciones de los impulsos inconscientes. Ocurre que vuelve a ese lejano tiempo donde todo empezó, a los buenos tiempos aquellos. Y entonces cae en la cuenta, el mundo nunca dejó de ofrecer infinitas posibilidades.

Open post Ombligismo, nubes

Ombliguismo

Hay tantas realidades como ombligos humanos, es inevitable estar unido a él. En estos tiempos, en los que el ombliguismo es un mal endémico de la humanidad, hay días en los que puedes verte enfrascado en algo que parece una conversación cuando en realidad de lo que se trata es de monólogos lanzados indiscriminadamente. Evitar caer en monólogos y romper esta inercia está al alcance de cualquier persona decidida, tan sólo basta con seguir los siguientes pasos y recuperar algo de sensibilidad y perspectiva.

Empieza cerrando los ojos, concentra la mente en nada, céntrate en la idea de disolverte a ti mismo hasta olvidar tu propio nombre. Cuando has conseguido desmaterializarte, imagina que empiezas a elevarte como un globo de helio. Flotas muy lentamente y vas alejándote de todo lo conocido. Te alejas hasta que pierdes toda referencia. Flotas en medio de ningún sitio, sin Tierras, ni soles. Inspiras, espiras. Ahora abre los ojos, imagina que puedes sentirlo todo, el aire entrando y saliendo de las aletas de tu nariz, las vibraciones de los pasos de la persona más cercana, el amor de quienes te quieren, la rotación de la tierra.

Piensa en la primera persona que te venga a la cabeza, vuelve a cerrar los ojos, inspira, espira. Dale unos segundos a tu cerebro para que dibuje su cara, céntrate en algún detalle, luego pasa a sus ojos. Reconstruye lo que has visto de su vida, reconstruye una mirada de verdad, de las que hablan sin palabras. Adivina sus preocupaciones, por que ha sufrido o sigue sufriendo. Intenta meterte en su piel, porque tu no existes, por el tiempo que quieras eres esa persona.

Inspira, sigue inspirando profundamente. Vuelve a ti y trata de revivir la última conversación con ella o con él. Al final puede que te falten las palabras y te sobren las sonrisas, los besos y los abrazos.