Reflejos

El reflejo de un espejo se comporta como una persona: puede querernos, odiarnos o simplemente ignorarnos. Todos nos hemos tropezado alguna vez con un espejo en el que no nos reconocemos. Y todos tenemos al menos un espejo que es un amigo íntimo. A esos espejos amigos los mantenemos cerca porque nos devuelven una imagen más amable.

Caminando por la calle a lo largo de los escaparates y portales uno se vuelve a crear a si mismo. De pronto, en la luna de un coche te enfrentas con el desconocido que a veces eres; le miras de reojo, empiezas a reconocerlo. En el escaparate más próximo lo descubres como un ser con buena silueta, en otro percibes por primera vez que empieza a encorvarse, en el siguiente yergue la espalda. Las distintas imágenes que a uno le devuelven esos cristales pueden ser muy distintas: amables, indiferentes, indecisas. Por fin concluyes que la vida no es sino ir reflejando tu figura en el escaparate de lo demás.

También existen espejos que son enemigos declarados. Al entrar en un probador puedes sentirte acuchillado por la espalda. Algunas personas se han salvado huyendo de allí a toda prisa, aunque otras muchas han perecido con el ego destrozado dentro de esos cubículos ultra iluminados de las tiendas de ropa.

Hay reflejos, que como los espejos de los probadores, pueden sacar de la molicie: ante la falta de voluntad un reflejo desastre puede salvarte. Anthony de Mello lo explica del siguiente modo: “Si arrojas una rana en una olla de agua hirviendo, saltará fuera al instante. Si la arrojas en una olla de agua que está calentándose poco a poco, la rana acabará perdiendo la tensión que le permita saltar en el momento oportuno.”

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