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Ríos

Antes de que el río fuera río por allí no pasaba nada. No había ninguna fuerza que arrastrara colina abajo. Un día el agua empieza a correr y, si corre frecuentemente, marca la roca y empieza a labrar un cauce.

Antes de que temieras quedarte solo por allí no ocurría nada. No había ninguna emoción que te arrastrara colina abajo. Un día las emociones empiezan a correr y, si corren muy frecuentemente, marcan tu cerebro. La ansiedad por la separación de los padres, si se vuelve costumbre, crea un circuito. El mecanismo que se dispara cuando la madre sale del dormitorio, es el mismo que se activa cuando perdemos un gran amor. Elevados niveles de cortisol y separaciones prematuras van de la mano. Igual de indefenso está el bebé que el adulto ante ese caudaloso movimiento emocional.

En mi hay cauces tan profundos que no entiendo. Aceptarlo y ser consciente de que existen parece la única opción posible. Conocer nuestros ríos, sobre todo los caudalosos y profundos, tantear el esfuerzo necesario para hacer frente al caudal. El desarrollo de los mapas afectivos es laborioso y depende, marcadamente, de elementos tan aleatorios que en lugar de zambullirme en la interpretación minuciosa del río prefiero perseguir el destello de un nuevo resplandor.

De modo que he elaborado un mantra a partir de una frase de Antonio Damasio: “La mejor manera de precipitar el final de una emoción negativa es generando otra emoción de la misma intensidad pero de signo contrario”. Ante un estado de angustia, me dejo llevar imaginando que me arrastra agua limpia que discurre por mis cauces internos. Si me detengo a escucharme más detenidamente puedo sentir como la angustia sigue corriendo y, el agua transparente, trae ciertas ilusiones que a veces se encuentran dormidas. Me quedo con ellas el tiempo suficiente para reír. Luego vuelta a empezar.

Por qué seguir

Una respuesta, una certeza a por qué seguir. Tan claro una veces, tan oscuro otras. Para esos días, los oscuros, el análogo emocional del hongo yesquero resulta más útil que la queja. Cuatro trozos de hongo yesquero llevaba Ötzi, el hombre de hielo que vivió hace 5.000 años; ya por aquel entonces el alimento de la chispa marcaba una fina línea entre la vida y la muerte. La yesca aviva, engrandece algo pequeño y efímero. Y como la yesca, hay anhelos que nos permite acceder a ciertas ideas de una manera más directa, más pura.

¿Por qué seguir? Por la naturaleza, presenciar la migración de las mariposas Monarca que viajan 4.000 kilómetros desde Cánada y el Norte de los Estados Unidos a los bosques de Michoacán en México. Por contemplar la aurora boreal, o caminar por la arena de una playa iluminada por plancton bioluminiscente.
Por la música – (mientras escribo suena Parklands de Hiatus con Kirtaniyas) – , ciertas melodías revelan tesoros ocultos dentro de nosotros, evaporan lágrimas, promueven suspiros, nos conecta a otros; pero sobre todo a nosotros mismos. Por lo libros no leídos. Y por los leídos que aliviaron insomnios y dejaron una marca profunda en quienes somos.

Por las personas, siempre, siempre las personas.

Sebastião Salgado, con un legado fotográfico que combina belleza y horrores a niveles tan confusos como conmovedores, y su Instituto Terra, esperanzador proyecto que afirma con contundencia: Se puede, hemos repoblado una selva. Yann Tiersen, “Now it’s time to slow down, now it’s time to look around”. Aaron Swartz, cuya corta vida recuerda lo importante, lo mayúsculamente importante, que es compartir.

Yesca y anhelos “porque amas lo que se enciende”, para acceder a certezas a través de ideas como obtener lumbre a través de chispas.
Seguir, porque es el momento de equivocarse, de aprender a desaprender, de echar una mano, de ser generoso y “ahogar este gris con todos los colores del mundo”.

Fotografía de Laura Teodori.

Sales de plata

Los ojos humanos tienen dos tipos de células fotorreceptoras: los bastones y los conos. Los bastones son extremadamente sensibles a la luz y muy poco sensibles al color. La labor de colorear el mundo queda en manos de los conos. La evidencia experimental sugiere que hay tres tipos de conos con respuestas frecuenciales diferentes y, que tienen su máxima sensibilidad en los colores que forman la terna de los colores primarios: rojo, verde y azul. La combinación de dichas respuestas a un estímulo luminoso procesada por el cerebro, junto con la distribución espectral de lo observado, determina el color con el que percibimos el mundo.

Inmortalizar una imagen tal y como la vemos, nuestra imagen en un espejo, o a la familia reunida en Navidad llevó más tiempo que el que cabría esperar hoy día, cuando llevamos mil fotos en el bolsillo. La fotografía analógica nace a imagen y semejanza de las células fotosensibles de nuestros ojos. Al igual que los bastones y los conos, las sales de plata son sensibles a la luz, aunque no a toda la gama cromática. Las películas fotográficas a color cuentan, entre otras, con una capa sensible al rojo, otra al verde y otra al azul.

Un rollo fotográfico tiene un número de disparos limitado y el revelado es un proceso complejo. Requiere tiempo y hay menos opciones. Al contrario que en la era digital, donde una foto puede ser repetida tantas veces como nuestra enajenación demande; y las opciones son casi infinitas. Sin embargo, si tu infancia está documentada gracias a las sales de plata, es posible que tu corazón se incline por fotos imperfectas. Con menos nitidez, transiciones más suaves, colores saturados. Fotos con un niño de seis años que, si está cabreado, sale cabreado. Y si hay alguna cosa que le interesa, es muy probable que salga mirando a la cosa, aunque quede de espaldas. Fotos como las de los proyectos Ausencias Argentina, Ausencias Brazil y Distancias de Gustavo Germano.

Fotografía de Bernard Plossu.