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Publico cada 7 años

El otro día estaba reunida con unas amigas (ese tipo de amigas que son casi como hermanas por su absoluta y grandiosa sinceridad) y salió a colación el tema de este blog.

“—¿Cómo llevas el blog? —dijo la amiga 1.—¿Cada cuánto escribes?”
“—Pues escribe como cada 7 años —dijo la amiga 2. -Risas.”
“—Nooooooooo, cada 7 años no, pero si cada 7 meses.—dije roja como un tomate, siendo totalmente consciente de la percepción de mi amiga de mi frecuencia de publicación.”

A ver, si lo sabía. Pero claro, una cosa es cómo yo le resto importancia internamente al asunto de no publicar jamás con un millón de justificaciones; y otra, bien distinta, es cómo percibe el asunto sin adornos una buena amiga. Después de este shock me fui a dormir.

Al día siguiente en mi intento de cambiar de perspectiva, asumiendo que la metodología que he estado siguiendo no estaba siendo demasiado efectiva, decidí hacer una lista. Lo que no entiendo es porqué he tardado tantísimo en hacer una lista sobre este tema, porque soy adicta a las listas; especialmente a las listas de pros y contras. Casi todas las decisiones de mi vida han tenido como elemento clave una lista de pros y contras. ¿Me mudo? ¿Me desenamoro? ¿Me voy de viaje? ¿Me reinvento? Lista, lista, lista, lista.

Esta lista en cuestión reunía las características del contenido que más me apetece leer la mayoría de tiempo, y no, no, no el contenido que más valoro. Lo primero en que caí es que a veces no me apetece leer una disertación extensa (y corta tampoco) sobre un tema complejo, como por ejemplo cualquier cosa que tenga que ver con lo jodido que está el mundo.
Lo segundo es que admito que me encanta leer a gente que se moja, que dice lo que piensa aunque no sea políticamente correcto ni coincida con lo que pienso.

Y tercero, autenticidad.

Historia

Desde niña intentaba retenerlo todo y llevármelo conmigo. Desde el esqueleto de una estrella de mar en la orilla de una playa, a la inmensidad de un cielo estrellado. En el verano de 1996 mis padres nos llevaron a mi hermano y a mi de vacaciones a San Juan de las Galdonas, un pueblo de la costa de Venezuela. Recuerdo que una noche en la terraza del lugar donde nos hospedábamos, me quedé conmovida en una hamaca mirando el cielo. La belleza de la vista quedó fuertemente grabada en mi mente. Intuyo que este tipo de impresiones agradables en la infancia son trascendentales para las personas en quienes nos vamos a convertir.

Después de aquello, la curiosidad natural que había tenido siempre, la cual consistía en acribillar a todo mi entorno a porqués, se expandió a enciclopedias, libros, revistas y cualquier documento que estuviera a mi alcance. Un día calló en mis manos una carta celeste; esa misma noche volví a mirar al cielo y la primera constelación que conseguí ubicar fue Orión.

Con el tiempo, es fácil caer en la cuenta que tan importante es saber, como compartir y transmitir lo que se sabe. Así que en 2002 abrí mi primer blog hecho con FrontPage y lo bauticé ORIONIDA2002, tenía una larguísima URL de Terra imposible de recordar y mucha Comic Sans; en 2008 me hice con el dominio de orionida.com.

Exponerse en internet requiere cierta predisposición al exhibicionismo, predisposición con la cual no contaba. Pero ahora si. Dice Manuel Vicent que “nada cansa tanto como ser fugitivo” : huir de uno mismo cuando te persigue por dentro la necesidad de contacto y entendimiento.

Ideas ligeras

El perfeccionismo puede llegar a ser tan limitante como una cuadriplejíaAyer, después de un despertar prematuro, me enfrenté a un dilema: encontrar la forma de empezar publicar hoy o deshacerme del blog y de este dominio que me acompaña desde hace ya unos cuantos años. A medida que me sumergía en la idea de publicar, volvía a caer en la dinámica de siempre. Se me ocurre una idea que  en principio parece buenísima, la desarrollo y le doy tantas vueltas que al final se agota hasta quedar en nada. Sucede igual que si intentas almacenar y trasladar a mucha distancia agua sólo con tus manos, se escapa. Pensé que ya no tenía más remedio que asumir mi incapacidad, tampoco iba a pasar nada. No era la primera cosa que no conseguía ni tampoco iba a ser la última. Me resultó curioso llegar a esa conclusión desde una soporífera tranquilidad. En esas estaba cuando mi cerebro, aferrándose quizás a no abandonar una inclinación de su instinto, centelleó un fragmento de un poema de Heberto Padilla: 

“Di la verdad. Di, al menos, tu verdad. Y después deja que cualquier cosa ocurra.”

El resto del poema lo tuve que buscar en una libreta donde colecciono lucidez humana:

“que te rompan la página querida, que te tumben a pedradas la puerta, que la gente se amontone delante de tu cuerpo como si fueras un prodigio o un muerto.”

Me resultó inevitable continuar leyendo  la cita que estaba a continuación del poema:

“Los soles pueden ponerse y renacer, pero nosotros, una vez se extinga nuestro breve día, una noche perpetua tenemos que dormir.”

Entonces me dije, de hoy no pasa que escriba cualquier cosa y la publique. Comencé a venirme arriba y este es el resultado. Con cada sol que renace puedes decidirte a comenzar, de esta recurrencia se obtienen miles de lienzos en blanco. Y di, al menos, tu verdad. Porque no hay plan que valga, sólo quedan ideas ligeras y aunque no te rompan la página, no caigan piedras y nadie se amontone en ningún sitio, habrás coronado el techo de tu mundo. Por fin he publicado.