Sales de plata

Los ojos humanos tienen dos tipos de células fotorreceptoras: los bastones y los conos. Los bastones son extremadamente sensibles a la luz y muy poco sensibles al color. La labor de colorear el mundo queda en manos de los conos. La evidencia experimental sugiere que hay tres tipos de conos con respuestas frecuenciales diferentes y, que tienen su máxima sensibilidad en los colores que forman la terna de los colores primarios: rojo, verde y azul. La combinación de dichas respuestas a un estímulo luminoso procesada por el cerebro, junto con la distribución espectral de lo observado, determina el color con el que percibimos el mundo.

Inmortalizar una imagen tal y como la vemos, nuestra imagen en un espejo, o a la familia reunida en Navidad llevó más tiempo que el que cabría esperar hoy día, cuando llevamos mil fotos en el bolsillo. La fotografía analógica nace a imagen y semejanza de las células fotosensibles de nuestros ojos. Al igual que los bastones y los conos, las sales de plata son sensibles a la luz, aunque no a toda la gama cromática. Las películas fotográficas a color cuentan, entre otras, con una capa sensible al rojo, otra al verde y otra al azul.

Un rollo fotográfico tiene un número de disparos limitado y el revelado es un proceso complejo. Requiere tiempo y hay menos opciones. Al contrario que en la era digital, donde una foto puede ser repetida tantas veces como nuestra enajenación demande; y las opciones son casi infinitas. Sin embargo, si tu infancia está documentada gracias a las sales de plata, es posible que tu corazón se incline por fotos imperfectas. Con menos nitidez, transiciones más suaves, colores saturados. Fotos con un niño de seis años que, si está cabreado, sale cabreado. Y si hay alguna cosa que le interesa, es muy probable que salga mirando a la cosa, aunque quede de espaldas. Fotos como las de los proyectos Ausencias Argentina, Ausencias Brazil y Distancias de Gustavo Germano.

Fotografía de Bernard Plossu.

Determinados

Buenos tiempos aquellos en los que no sabías lo que querías, de dónde venías ni en qué lugar ibas a terminar. Aquella abrumadora incertidumbre parecía ofrecer un mundo de infinitas posibilidades. Creer en héroes y villanos tenía sentido, en la efervescencia de hacer el bien, en lo inadmisible de hacer el mal.

Desde la secuenciación del ADN miro a las personas y no veo en ellas más que un conjunto de hélices, cuyos comportamientos responden a una orden genética de la que no son responsables. Será mejor aceptar también que el amor y el odio son modulados por reacciones químicas cuyo guión está escrito por ese conjunto de hélices. ¿Tendría que dar cuenta de sus actos el infiel o el cobarde? A partir de ahora entiendo que las decisiones, mal llamadas conscientes, no son sino la racionalización interesada y en retrospectiva de mecanismos inconscientes.

Si vas de justiciero tendrás que tener en cuenta que ese sujeto sentado en el banquillo es una cadena de aminoácidos, 23 pares de cromosomas, una fábrica de proteínas ajena a todo delito. Si vas de humanista tendrás que endurecer el estómago y digerir que por mucho bien común que busques, siempre habrá otro individuo con otro código genético distinto al tuyo. El águila es incapaz de ver desde el aire las montañas los árboles y los ríos del paisaje porque su mente está programada para descubrir pequeños seres vivos que se mueven, ratones, conejos, ardillas, de los que depende su existencia; en cambio para el oportunista cuervo lo único visible es lo estático, de modo que la vaca no existe hasta que no está muerta.

Cuando un individuo se atreve a renegar de sus genes e imponerse a todo determinismo; identificando patrones de comportamiento sesgados, elevando la vista más allá, adelantándose a las inclinaciones de los impulsos inconscientes. Ocurre que vuelve a ese lejano tiempo donde todo empezó, a los buenos tiempos aquellos. Y entonces cae en la cuenta, el mundo nunca dejó de ofrecer infinitas posibilidades.

Ombliguismo

Hay tantas realidades como ombligos humanos, es inevitable estar unido a él. En estos tiempos, en los que el ombliguismo es un mal endémico de la humanidad, hay días en los que puedes verte enfrascado en algo que parece una conversación cuando en realidad de lo que se trata es de monólogos lanzados indiscriminadamente. Evitar caer en monólogos y romper esta inercia está al alcance de cualquier persona decidida, tan sólo basta con seguir los siguientes pasos y recuperar algo de sensibilidad y perspectiva.

Empieza cerrando los ojos, concentra la mente en nada, céntrate en la idea de disolverte a ti mismo hasta olvidar tu propio nombre. Cuando has conseguido desmaterializarte, imagina que empiezas a elevarte como un globo de helio. Flotas muy lentamente y vas alejándote de todo lo conocido. Te alejas hasta que pierdes toda referencia. Flotas en medio de ningún sitio, sin Tierras, ni soles. Inspiras, espiras. Ahora abre los ojos, imagina que puedes sentirlo todo, el aire entrando y saliendo de las aletas de tu nariz, las vibraciones de los pasos de la persona más cercana, el amor de quienes te quieren, la rotación de la tierra.

Piensa en la primera persona que te venga a la cabeza, vuelve a cerrar los ojos, inspira, espira. Dale unos segundos a tu cerebro para que dibuje su cara, céntrate en algún detalle, luego pasa a sus ojos. Reconstruye lo que has visto de su vida, reconstruye una mirada de verdad, de las que hablan sin palabras. Adivina sus preocupaciones, por que ha sufrido o sigue sufriendo. Intenta meterte en su piel, porque tu no existes, por el tiempo que quieras eres esa persona.

Inspira, sigue inspirando profundamente. Vuelve a ti y trata de revivir la última conversación con ella o con él. Al final puede que te falten las palabras y te sobren las sonrisas, los besos y los abrazos.